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Declaraciones y discursos Múltiples mecanismos

El Alto Comisionado habla en la Facultad de Derecho de la Universidad de Atenas sobre derecho, justicia y derechos humanos

18 de noviembre de 2024

Pronunciado por

Volker Türk, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

En

Atenas, Grecia

Distinguidos profesores y profesoras,

Queridos estudiantes, facultad y amigos,

Kalispera [Buenas tardes]. 

Es un enorme placer encontrarme hoy aquí con ustedes en la Universidad de Atenas, la universidad más antigua de la Grecia moderna y, en definitiva, del Mediterráneo oriental.  Premios nobel, primeros ministros y presidentes, científicos innovadores, escritores y poetas visionarios han pasado por estos pasillos.

Y hoy están llenos de abogados, líderes y activistas de derechos humanos de la Grecia de hoy y de mañana.

Siento un aprecio profundo por Grecia y sus gentes. La visito todos los años; es el lugar donde reconecto con la naturaleza, el aire y el mar, y siento un gran amor por la cultura griega.

La obra del nobel Giorgos Seferis es una de mis favoritas. Sus temas sobre desplazamiento, exilio, añoranza y pérdida resuenan con fuerza hoy en día al mismo tiempo que asistimos al incremento de desplazamientos por todo el mundo.

Pero no es una coincidencia. La poesía de Seferis refleja la cultura griega y el lugar que ocupa Grecia en el mundo, como puente entre Europa, Oriente Medio y Asia.

Como gran nación marítima, los marineros y exploradores griegos viajaron y formaron comunidades por el Mediterráneo y por todo el mundo.

Mientras tanto, turcos, judíos, centroasiáticos, junto con pueblos del Cáucaso, Oriente Medio, el Norte de África y más allá, han formado comunidades vibrantes en Grecia.

El mismo Giorgos Seferis nació en Esmirna (en la actual Türkiye), y otro gran poeta a quien admiro, Constandinos Cavafy, nació en Alejandría (Egipto). El dirigente turco, Atatürk, nació en el crisol de pueblos de Tesalónica.

Antes de la ocupación nazi de Grecia, Tesalónica era uno de los centros de la cultura judía europea.  El museo del Holocausto que se está construyendo allí habla de la determinación de Grecia de honrar a aquellos que fueron asesinados y reconocer los crímenes del pasado. Esto resulta sumamente importante en un momento en el que la negación del Holocausto y otras formas de antisemitismo están aumentando en toda Europa.

Y no debemos olvidar que decenas de miles de refugiados griegos huyeron de la ocupación nazi a Egipto, Siria y más allá. Recuerdo y me conmovió profundamente una imagen de griegos en busca de refugio en Damasco. No hay nada nuevo bajo el sol, como suelen decir. 

Los vínculos y el intercambio de ideas entre los pueblos forman parte de lo que torna la cultura griega en algo tan bonito, diverso y rico. Hoy en día, cuando se alzan muros en lugar de puentes, no podemos permitir que esto se olvide.

Queridos y queridas estudiantes, 

Hace muchos años yo era uno de ustedes: estudiante de Derecho. En ese entonces creía, como sigo haciendo hoy, que el derecho es fundamental para las sociedades civilizadas. Las leyes suponen un medio por el cual trasladamos nuestros valores comunes a la realidad; la expresión formal de algunas de las creencias y esperanzas más profundas de la humanidad.

En mi etapa de estudiante, recibí mucha influencia de los antiguos filósofos griegos y su enfoque en la justicia y la ética, la integridad moral y la introspección crítica. Su idea de que ciertas protecciones para las personas siempre han existido, sin depender de ningún tipo de derecho formal, es un antecedente claro del entendimiento moderno de los derechos humanos inherentes a todas las personas.

En el mundo actual, el Estado de derecho está ahí para proteger a las personas en situación de vulnerabilidad; prevenir la discriminación, el acoso y otros abusos; resolver disputas; y defenderse ante los crímenes atroces, incluso el genocidio. Fomenta la confianza mutua y en las instituciones públicas, y apoya a comunidades y sociedades fuertes, cohesionadas y resilientes.

Mis propios estudios sirvieron para darme cuenta de que el derecho es inseparable de la realización de los derechos inherente a todos y cada uno de los seres humanos. Esta idea simple, pero poderosa, ha guiado mi vida y carrera desde entonces.

Queridos y queridas estudiantes,

La educación que ustedes reciben en esta institución no versa solo sobre hechos, sino sobre valores; no se trata solo de cómo funciona el mundo, sino de cómo nos tratamos los unos a los otros.

Necesitamos ese enfoque más que nunca.

Hoy en día se está desencadenando una crisis de derechos humanos en todo el mundo a medida que los desafíos se combinan de formas nuevas y alarmantes.

No muy lejos de aquí, en el Mediterráneo, una guerra terrible asola hace más de un año a Israel, la cual sigue enconada en un conflicto con Hamás y otros grupos armados palestinos en Gaza. Está claro que no puede haber justificación para las atrocidades que Hamás y otros grupos cometieron contra la población israelí el 7 de octubre del año pasado. Está igualmente claro que tampoco puede haber ninguna justificación para el castigo colectivo de la población civil.  

Mis colegas de Naciones Unidas que trabajan en el norte de Gaza describen las condiciones del lugar como apocalípticas.

Más de 43.000 personas han resultado asesinadas desde que el conflicto estallara el pasado octubre, y casi dos millones de palestinos se han visto obligados a abandonar sus hogares, muchos de ellos en repetidas ocasiones. Los grupos armados palestinos siguen reteniendo a rehenes, operando entre la población civil y disparando misiles contra Israel, en flagrante violación del derecho internacional.

Mientras tanto, en Sudán se está produciendo la peor crisis humanitaria del mundo en la actualidad; una situación que merece por igual la atención del mundo. Lamentablemente, apenas se lee nada sobre Sudán. Los líderes rivales han iniciado todo un conflicto sangriento por el poder y los recursos, alimentado por una impunidad de larga data, unos intereses económicos contrapuestos y la instrumentalización de las tensiones étnicas.

En Ucrania, mañana se cumplirán 1.000 días desde la invasión a gran escala por parte de Rusia, y asistimos a una devastación terrible y las violaciones recurrentes de derechos humanos. Los ataques masivos a las infraestructuras civiles y sistemas energéticos plantean honda preocupación por la vida y medios de subsistencia de las personas, en particular las personas de edad o con discapacidad, que afrontan un invierno duro sin energía.

Ya he advertido en numerosas ocasiones de que las graves violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos que se están cometiendo en estos conflictos pueden equivaler a crímenes de guerra y a otros crímenes atroces.

Desde Gaza hasta Sudán y Ucrania, o desde Myanmar a la República Democrática del Congo, las partes de los conflictos armados están pisoteando las normas de la guerra, que llevan en vigor 160 años.

La población civil se convierte en objetivos, los hospitales acaban destruidos, los trabajadores humanitarios reciben ataques y el acceso a la ayuda humanitaria se deniega.

Las violaciones de derechos humanos están provocando una mayor violencia y brutalidad. Están erosionando las normas jurídicas internacionales que se crearon para evitar que la humanidad se autodestruyera.  Y están creando un legado de trauma y agravios que durarán generaciones.

Los conflictos actuales también están forzando a un número récord de personas a huir fuera de sus fronteras, en ocasiones a países donde una vez más se arriesgan a ser demonizadas simplemente por su nacionalidad o religión.

Queridos amigos y amigas,

Más allá de la intensificación de los conflictos, otras cuantas tendencias globales repercuten de forma devastadora en los derechos humanos de todo el mundo.

Una crisis financiera y el desastre de la deuda, combinados con el impacto acelerado del cambio climático, están empobreciendo a numerosos países, en especial a los que se encuentran en el Sur Global.

Estoy seguro de que muchos de ustedes han crecido a la sombra de la misma crisis económica de Grecia. Saben que los números rojos del balance de un Estado pueden traducirse en un cambio repentino en la vida de los ciudadanos de a pie: hacia la pobreza, la pérdida de trabajo o asistencia sanitaria, y la desesperanza.    

Eso es lo que está sucediendo ahora en los países en desarrollo. Los planes mundiales para reducir el hambre antes de 2030 son cada vez más inalcanzables a la vez que los logros conseguidos desde 2005 básicamente se han esfumado.

Muchos de los países que luchan contra esta crisis financiera están siendo golpeados por el caos climático. En una gran extensión de África, las inundaciones están reduciendo las cosechas y volviendo insostenible la agricultura.

Esta crisis de derechos humanos no siempre aparece en las portadas, pero está teniendo un impacto mortal. Las personas están muriendo, las comunidades sufriendo y se vislumbran pocas esperanzas en el horizonte.

No es de extrañar que las personas estén dispuestas a arriesgar sus vidas en trayectos peligrosos a través de desiertos y mares en pos de un futuro mejor; un impulso muy humano que ha motivado a las personas desde tiempos inmemorables.

Queridos estudiantes, amigos y amigas,

Otra amenaza mundial para los derechos humanos procede del auge del autoritarismo y el populismo, con frecuencia basados en narrativas divisivas y polarizadas.

El racismo, el antisemitistmo, la retórica antiislamista, la xenofobia y el discurso de odio asolan nuestras sociedades, enconados en estructuras de poder arraigadas y con un alcance extraordinario en las plataformas sociales.

Pero sabemos a dónde conduce esto. El discurso de odio es un precursor claro de las acciones hostiles, como el acoso, la intimidación y la violencia. Los líderes irresponsables que creen que pueden aprovechar el odio para sus propios fines están jugando con fuego. 

Los estereotipos patriarcales que discriminan a las mujeres, niñas y personas no binarias forman parte de ese instrumento autoritario. La violencia sexual sigue imperando y los derechos a la salud sexual y reproductiva de la mujer están en retroceso.

Afganistán es el ejemplo más extremo de misoginia auspiciada por el Estado y definitivamente de apartheid de género.

Mientras tanto, cada vez más gobiernos imponen restricciones a los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales y al resto de la sociedad civil, incluyendo a los defensores de los derechos humanos. Y las tecnologías nuevas, incluida la inteligencia artificial, ofrecen otras herramientas para difundir y reforzar la desinformación, interferir en las elecciones y someter a las personas a vigilancia a gran escala.

Reconozco que he retratado una imagen preocupante e incluso inquietante. Citando a Giorgos Seferis, “Estamos perdidos porque hemos sido injustos”. No estamos respetando ni cumpliendo los derechos humanos; y las consecuencias están claras.

Pero quisiera asegurarles que no es demasiado tarde.

La humanidad ha creado todos estos problemas. Y existen soluciones efectivas y probadas que también se centran en la humanidad. El antídoto es el mismo.

Los derechos humanos pueden guiarnos a través de la niebla del conflicto, la crisis y la incertidumbre. Nos sirven de brújula y hoja de ruta para navegar por la guerra y la violencia, para proteger a los vulnerables, y para prodigar vidas dignas y oportunidades a todas las personas.

Constituyen un marco normativo legalmente vinculante que contemplan a todos y todas en cualquier parte.  

Esos derechos ya habían logrado un gran impacto desde la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada hace 76 años.

En un espacio de apenas 20 años, se habían librado dos Guerras Mundiales, con un coste de decenas de millones de vidas.  El horrendo genocidio sistemático que fue el Holocausto había horrorizado al mundo entero; la era atómica trajo consigo armas que amenazan al conjunto de la humanidad.

Fue en ese momento cuando nació la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual representó una voluntad colectiva para arrojar esos horrores al pasado.   La Declaración aspiraba a hacer realidad un mundo en donde las disputas se resolvieran de forma pacífica, sin tener que recurrir a las guerras.  

Y durante los últimos 76 años, ha contribuido a guiarnos hacia mayores avances.   El período de posguerra fue testigo de cómo muchos países colonizados recuperaban su independencia.  También vio como los derechos humanos florecían en movimientos de protesta contra la discriminación por razones de sexo, raza, religión, orientación sexual, identidad de género u otros factores.   Se consiguieron avances importantísimos en materia de protección social, educación y salud, así como en regulación de las condiciones laborales.

La relación entre todos estos elementos y los estudios que ustedes realizan es evidente.

La justicia es un elemento central de los derechos humanos, como única vía para acabar con la impunidad a través de la rendición de cuentas y las reparaciones.

La justicia y la rendición de cuentas protegen a los derechos humanos disuadiendo e impidiendo que se cometan violaciones, además de haciéndoles frente y abordándolas cuando estas suceden.

Durante los últimos 76 años, el conjunto de la legislación internacional de derechos humanos y las leyes de la guerra han ido creándose para prevenir y reducir el sufrimiento de la población civil atrapada en medio de crisis y conflictos.

Se han creado instituciones de justicia internacional, desde la Corte Internacional de Justicia hasta la Corte Penal Internacional, además de los diversos mecanismos de las Naciones Unidas o que cuentan con la asistencia de las Naciones Unidas.  El Consejo de Derechos Humanos, del que yo espero que Grecia se convierta en miembro en 2028, sus misiones de verificación de los hechos y las Comisiones de Investigación sirven de complemento a estos mecanismos, así como los tribunales nacionales que existen en los Estados.  

Todos los países, como miembros de las Naciones Unidas, tienen la obligación legal de respetar los fallos y decisiones ambos vinculantes de los tribunales internacionales, de forma especial los que emanan de la Corte Internacional de Justicia.

La responsabilidad penal por las violaciones de mayor gravedad supone uno de los pilares de nuestra arquitectura de derechos humanos.

Por su lado, la Corte Penal Internacional es un elemento clave para la rendición de cuentas por los peores crímenes atroces y por los crímenes de lesa humanidad. Necesitamos que todos los países den su apoyo sistemático a la labor que realiza la Corte, lo que desafortunadamente no es el caso actualmente.

Estoy convencido de que el ideal de los derechos humanos ha supuesto uno de los movimientos más constructivos de la historia de la humanidad, y francamente, ha sido también uno de los más fructíferos.

¿Cómo pudo el sencillo texto que enarbola la Declaración Universal de Derechos Humanos guiar esta transformación tan profunda?

La respuesta es que este documento se basa en una verdad poderosa: los derechos humanos funcionan. Estos no son una abstracción o un sueño, sino que aportan una solución muy concreta.  Funcionan para promocionar la paz, la justicia y las oportunidades.  Funcionan por el bien de las personas.  Y funcionan por el bien de nuestro planeta.

Citando a la Declaración, "el reconocimiento de la dignidad inherente y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana es la base de la libertad, la justicia y la paz."

El respeto por los derechos humanos, de todos los derechos humanos, sirve de soporte para las sociedades que se basan en la justicia y la equidad, para economías que son más inclusivas, y para procesos de toma de decisiones que sean más participativos y como resultado más eficaces.

La universalidad es pieza clave de la aplicación efectiva de los derechos humanos, los cuales pertenecen a todas las personas, en todos los lugares.

Me gustaría aprovechar esta oportunidad para refutar dos mitos que cuestionan esta universalidad.

En primer lugar, el mito de que los derechos humanos son un lujo que los países pobres no pueden permitirse, y que solo podemos preocuparnos por su aplicación si vivimos en sociedades pacíficas y economías prósperas.

Los derechos humanos fueron diseñados específicamente para un mundo que estaba arrodillado, un mundo empobrecido, un mundo sumido en los conflictos y el caos.

Esta es la razón por la que la labor de supervisión y presentación de informes sobre derechos humanos que lleva a cabo mi Oficina en las zonas de guerra es tan esencial.  De hecho, una de las nociones que caracterizan a la guerra es que es la violación por antonomasia de los derechos humanos.

En Gaza y en Israel, en Ucrania, en Sudán, en Myanmar: las violaciones de derechos humanos no están separadas de la guerra.  Son la misma guerra.

Es por ello que sea lógico que acabar con estas violaciones sea el camino a seguir para conseguir una paz sostenible. No solemos escuchar muchos discursos sobre la paz.

Los derechos humanos son también cruciales para lograr sistemas económicos eficaces, desde tratados comerciales hasta acuerdos sobre inversión, desde regulación empresarial hasta marcos de desarrollo. Además, el año pasado puse en marcha el concepto de una economía de los derechos humanos con el fin de desafiar la actual corriente de pensamiento económico, la cual se basa en modelos que ya han dejado de ser adecuados a los objetivos, o que no tienen en cuenta las obligaciones en materia de derechos humanos que los Estados han aceptado, de forma especial los derechos económicos, sociales y culturales.

Un segundo mito señala que los derechos humanos son en esencia un concepto occidental, los cuales son usados para oprimir y limitar a otros países. Pero este no es el caso.

Las personas que elaboraron la Declaración Universal de Derechos Humanos trascendieron los enfrentamientos geo-políticos y las diferencias económicas. Ellas dejaron a un lado las disputas para alcanzar un acuerdo sobre un texto que represente el saber colectivo de muchas culturas e historias:

Los valores africanos de la interdependencia, la cooperación y la responsabilidad colectiva; 

Solemos escuchar siempre acerca de las revoluciones francesa y americana; pero la revolución haitiana contra el colonialismo y el racismo tuvo un papel también predominante.

El énfasis que el Islam pone sobre la dignidad humana y el compartir de forma caritativa; 

Las libertades que trajo consigo la Ilustración;

El feminismo que mostró Hansa Mehta en la India,

La singularidad fundamental que representan las tradiciones espirituales asiáticas; 

La insistencia en la universalidad e indivisibilidad que manifiestan muchas voces latinoamericanas.

Y mucho más.

A dondequiera que yo vaya, hay algo que me recuerda la universalidad de los derechos humanos.  Cuando visité Sudán hace dos años, las voces llenas de esperanza de la sociedad civil, de manera especial las mujeres y jóvenes quienes habían logrado derrocar una dictadura militar que llevaba 30 años de opresión, reclamaban más derechos humanos.   Y solo el mes pasado, pude visitar Bangladesh, en donde un movimiento en favor de la democracia inspirado por los derechos humanos condujo a un cambio de gobierno a comienzos de este año. 

Estimados estudiantes, amigos y amigas,

Finalmente, llegamos a la pregunta de cómo se aplican estas lecciones a nuestras vidas, en nuestro mundo actual.

Estoy seguro de que cada uno y una de ustedes tiene sus propias ideas al respecto, y estoy deseoso de oírlas.

Pero permítanme que les proponga algunas de mis ideas.

A la edad de ustedes, como estudiante de derecho creciendo bajo la sombra de la historia y complicidad de Austria durante la Segunda Guerra Mundial, las amistades que forjé en mis años universitarios con estudiantes de toda procedencia y países dejaron una impresión muy profunda en mi persona.

Por primera vez, pude entender la importancia de un sistema global anclado en la solidaridad, la equidad y la justicia: los derechos humanos y los sistemas judiciales que les acabo de describir.

Por todo ello, escogí trabajar para las Naciones Unidas, para los refugiados y refugiadas, en el campo de la ayuda humanitaria, y en pro de los derechos humanos.

Les animo a que piensen en cómo pueden hacer su propia contribución a la igualdad y la justicia, a partir del largo historial en sus países de movimientos en favor de la democracia y los derechos humanos, lo que incluye la Revuelta en la Politécnica de Atenas que ustedes conmemoraron ayer.

Es necesario defender los derechos sociales y económicos, incluso cuando se aplican medidas de austeridad.  Los recortes considerables en el gasto público no deben tener un impacto desproporcionado sobre las personas más vulnerables de la sociedad: los pobres, las mujeres y niñas, además de las personas con discapacidades y las minorías.

Los sistemas de seguridad social han de ser diseñados para reducir la pobreza y la desigualdad, si se pretende que sirvan para afianzar la cohesión social.  La asistencia sanitaria debe ser accesible para todas las personas, incluyendo a las más aisladas y marginadas, en zonas rurales y en islas remotas.

Es necesario proteger la libertad de los medios de comunicación. No se puede hacer nunca uso de las demandas judiciales para acallar las informaciones críticas o para presionar a periodistas.  La vigilancia de periodistas supone una infracción grave de sus derechos, y además necesitamos de medios de comunicación que sean libres e independientes.

La discriminación contra mujeres y niñas sigue siendo la violación de derechos humanos más extendida en el mundo.  La violencia, incluyendo el femicidio, representa su forma más extrema y letal.  Es importante sensibilizar a la policía y los abogados acerca de cómo estos crímenes afectan a supervivientes y víctimas, además de formarlos para que prevengan y procesen estos delitos.

Queridos y queridas estudiantes,

Algunos de ustedes tendrán ya cierta experiencia personal o conocimiento de derechos que fueron desatendidos, denegados o violados.  Aquí en Grecia, tales experiencias pueden estar relacionadas con las dificultades que entrañaron las medidas de austeridad, o la situación que viven las personas migrantes, por nombrar tan solo dos ejemplos.  

Sobre este último asunto, es evidente que la historia del mediterráneo es clave para poder entender los lazos interconectados que unen a tantas sociedades modernas.

Es un hecho realmente trágico que este mar tan hermoso se use hoy en día para dividir en lugar de para unir.

Todos los países comparten la responsabilidad sobre el hecho de que personas tengan que huir de la guerra, de la pobreza extrema y del caos climático.

A la hora de garantizar la seguridad de estas personas y el respeto de sus derechos humanos.

Y de abrir rutas regulares para la migración, para que de ese modo nadie tenga que arriesgar su vida al realizar viajes tan peligrosos.

Como abogados y abogadas, como defensores y defensoras de derechos humanos, y como recopiladores de historias, no podemos olvidar las lecciones del pasado o nuestras historias compartidas.  Todas ellas forman parte de lo que nos conecta y de lo que nos hace humanos.

Los países de Europa están siendo llamados, ante los ojos del mundo, a que defiendan los derechos humanos de una forma muy concreta.

Yo les insto a que, como futuros abogados y abogadas, y como seres humanos, a que piensen en lo que pueden hacer para apoyar y proteger los derechos humanos hoy y en el futuro.

Esfuércense por asegurar que todo el mundo tiene acceso a una vivienda adecuada, a educación, y a atención sanitaria, como una cuestión de derechos.

Procuren garantizar que cuando las cosas no vayan bien, que aprendamos las lecciones y que se exijan responsabilidades.

Mantengan conversaciones difíciles, incluso cuando existan desacuerdos importantes.

Luchen por la protección de refugiados y migrantes, y por la de las organizaciones de la sociedad civil que trabajan defendiendo sus derechos.

Pongan en cuestión las narrativas dañinas que denigran a personas vulnerables.

Y busquen vías de seguir desarrollando el largo historial de Grecia como país acogedor y hospitalario, la filoxenia, la diversidad cultural y el respeto mutuo.

No subestimen nunca sus propias contribuciones personales, las cuales son más importantes y urgentes de lo que ustedes creen.

La historia y los hechos por sí solos no nos ofrecen una respuesta completa para los desafíos que vivimos actualmente.

Y la ley por sí sola no es la respuesta.

Los derechos humanos tienen que ver con hechos, con el derecho, pero también con igual relevancia con la compasión.

De estos tres elementos, quizás la compasión sea el que tiene más valor.

Estoy realmente impresionado por los movimientos liderados por jóvenes que vemos hoy en día y que muestran nuevos modelos de liderazgo acompañado de compasión.  Algo que he podido contemplar yo mismo en países de todo el mundo, y por ejemplo en la lucha contra el cambio climático.

Ustedes ya tienen todo lo que necesitan para involucrarse a la hora de diseñar nuestras propias sociedades, así como nuestra comunidad global.

Por citar una vez más a Giorgos Seferis, al tiempo que aceptaba el Premio Nobel:  "En nuestro mundo que no cesa de estrecharse, todos nosotros nos necesitamos unos a los otros."

Yo confío en que ustedes sigan lo que sus corazones marcan y que se fíen de su visión sobre el aspecto que el mundo puede tener.

A pesar de todas las dificultades, creo que juntos y juntas, podremos conseguir crear un lugar mucho mejor.