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“Seguimos aquí”: las familias de personas desaparecidas dan forma a una nueva iniciativa de la Alianza Mundial

16 de octubre de 2026

Un grupo de unas veinticinco personas, en su mayoría mujeres, posa sonriendo en una sala de reuniones, frente a dos pancartas que dicen “CED20 – Las víctimas primero. Acción ahora” y “Alianza Mundial por los Derechos Humanos”. Varias llevan un velo, un sari o cordones con credenciales de la ONU; detrás, un rotafolio con notas escritas a mano.
© OHCHR/Jón Björgvinsson

“Cuando desaparecieron nuestros familiares, hubiéramos querido que el mundo se detuviera. Que el tiempo se detuviera. Pero el mundo no se detuvo. Siguió moviéndose. Y nosotras tuvimos que seguir moviéndonos con él”, dijo Alejandra Cartagena López, hija de Leticia Galarza Campos, desaparecida en 1978, y nieta de David Jiménez Fragoso, desaparecido en 1975 en México.

Cartagena López habló en el Palacio de las Naciones en Ginebra (Suiza), durante un evento que conmemoró los 20 años de la adopción por la Asamblea General de la ONU de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas (CED). Feminista y defensora de derechos humanos, Cartagena López llegó a Ginebra como portavoz de 39 colectivos de víctimas que consultó antes de viajar.

Junto a ella hablaron dos de las personas que redactaron y negociaron el histórico tratado, los diez integrantes actuales del Comité contra la Desaparición Forzada que supervisa su aplicación, y familias de Sri Lanka, Sudán, Tailandia y Pakistán. Representantes de Estados Miembros y un público numeroso llenaron la sala.

“Las víctimas primero. Acciones ya” es el lema de CED20, la campaña que marca el 20° aniversario de la Convención. Un elemento central de la campaña es un Mural Conmemorativo donde familiares de personas desaparecidas y quienes las acompañan han dejado más de 70 mensajes — testimonio del alcance de una desaparición en la vida de una familia. Al abrir el evento, el presidente del Comité, Juan Pablo Albán Alencastro, advirtió contra el riesgo de confundir el aniversario con un logro.

“No debemos confundir adoptar una Convención con cumplirla y con conseguir que transforme la vida de las personas. Lo primero ocurrió hace veinte años. Lo demás sigue en proceso y es nuestra responsabilidad”, dijo.

En el evento también se lanzó “Seguimos aquí: las víctimas en el centro del movimiento de derechos humanos”, una nueva iniciativa de la Alianza Mundial por los Derechos Humanos que el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, puso en marcha en junio pasado para conectar a personas de todo el mundo, de distintos sectores y generaciones, en apoyo de los derechos humanos. El lanzamiento contó con el apoyo de Francia, que también desempeñó un papel central en la negociación de la Convención hace dos décadas.

Mientras la mayor parte del trabajo sobre desapariciones forzadas se concentra en la búsqueda, la investigación y los tribunales, esta iniciativa se vuelca en lo que ocurre alrededor — los obstáculos cotidianos con los que tropiezan los familiares de las personas desaparecidas: el banco que congela una cuenta, el registro civil que no puede expedir la credencial de identidad de un hijo, el pasaporte que no se puede renovar, el formulario escolar sin una casilla adecuada para marcar.

De aquí a diciembre de 2028, cuando se cumplen los 80 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la iniciativa consultará a familias de distintas regiones, documentará las consecuencias legales, financieras, sociales y educativas que siguen a una desaparición durante años y a lo largo de generaciones, y producirá una guía práctica — “elaborada con las víctimas y para las víctimas”, en palabras de Laura Dolci, coordinadora de la Alianza Mundial —, junto con recomendaciones para las instituciones públicas y privadas cuyos procedimientos se interponen en el camino.

“Los sistemas de salud, los bancos, las aseguradoras, los servicios sociales y las autoridades administrativas se apoyan con demasiada frecuencia en procedimientos que no tienen en cuenta las circunstancias jurídicas y prácticas que crea la desaparición de una persona”, dijo Awa Dabo, Alta Comisionada Adjunta para los Derechos Humanos.

Los días ordinarios

“Tuvimos que trabajar, cuidar a nuestras familias, estudiar, sobrevivir al dolor y, al mismo tiempo, buscar”, dijo Cartagena López.

Angkhana Neelapaijit era enfermera cuando su esposo, el abogado de derechos humanos Somchai Neelapaijit, fue secuestrado por la policía en Bangkok en 2004. Hoy es senadora en Tailandia y fue integrante del Grupo de Trabajo de la ONU sobre las Desapariciones Forzadas o Involuntarias.

“Cuando desaparece quien sostiene a la familia, las mujeres tienen que pagarlo todo: las cuentas, el alquiler, la escuela de los hijos”, dijo.

“Muchas familias tienen que mudarse a otro lugar, a una casa más barata”, añadió Neelapaijit. “Pero siguen volviendo a la casa de siempre, porque creen que un día su padre o su esposo va a regresar, y tienen miedo de que, si regresa, no sepa dónde están”.

Angkhana Neelapaijit (derecha), cuyo esposo, el abogado Somchai Neelapaijit, fue desaparecido en Tailandia en 2004, interviene en el evento que conmemoró los 20 años de la Convención en el Palacio de las Naciones, Ginebra, 24 de septiembre de 2026. De izquierda a derecha, Federico Andreu-Guzmán y Catherine Calothy. © OHCHR/Jón Björgvinsson

Como en muchos países, en Pakistán los obstáculos llegan en forma de trámites. Amina Masood Janjua era artista y madre de tres hijos cuando su esposo, Masood Janjua, subió a un autobús el 30 de julio de 2005 y nunca llegó a su destino.

“Cuando un hijo cumple 18 años le corresponde la credencial nacional de identidad, y no se la expiden si el padre no está”, dijo Amina. “Si quieren sacar un pasaporte, no pueden. Y con la herencia, el problema es que tienes que declarar a tu padre muerto. Y nadie está dispuesto a dar un certificado de defunción a alguien que fue desaparecido por las autoridades”.

Talia Khan Khattak, funcionaria de ONU Derechos Humanos, tenía un examen a la mañana siguiente cuando su padre, Idris Khattak — un investigador que había pasado años documentando desapariciones en Pakistán — fue desaparecido a su vez en noviembre de 2019. Estuvo recluido en un lugar desconocido durante más de dos años.

“No era huérfana, pero ningún formulario tenía una casilla que dijera ‘desaparecido’. ¿Profesión? ¿Qué podía poner, ¿’jubilado’? He marcado esa casilla muchas veces, y cada vez deseé que fuera verdad”, dijo Khan Khattak.

“Legalmente, no estaba con nosotras ni se había ido”, añadió. “Y nosotras tampoco”.

México, con más de 130.000 personas desaparecidas, ha intentado legislar ese limbo.

“La declaración de ausencia deja a salvo los derechos de la persona desaparecida. Es decir, no está muerta, está desaparecida”, explicó Cartagena López. “Al principio solo se realizaba la presunción de muerte, y eso implicaba de entrada reconocer que están muertos. Y uno de los principios básicos es buscar en vida. Y están vivos, literalmente, hasta que nos demuestren lo contrario”.

Alejandra Cartagena López, cuya madre y abuelo fueron desaparecidos en México en los años setenta, se dirige al público en el Palacio de las Naciones, Ginebra, 24 de septiembre de 2026. A su lado, Amina Masood Janjua, de Pakistán. © OHCHR/Jón Björgvinsson

Lo que la Convención da, y lo que debe

Dabo dijo que los avances son reales — más protección jurídica, reformas nacionales, cooperación internacional —, pero les fijó una sola prueba.

“Nuestra respuesta debe, por tanto, diseñarse y llevarse adelante con las víctimas, las personas sobrevivientes y las familias, y no simplemente en su nombre”, dijo.

Cuatro mujeres, relaciones distintas con el tratado. Tailandia lo ratificó. México lo ratificó y recibió una visita del Comité en 2021. Pakistán no lo ha firmado ni ratificado.

“Si preguntas cómo se llaman las víctimas de desaparición forzada en Tailandia, todo el mundo dirá que no se sabe, porque nunca documentaron los casos”, dijo Neelapaijit. “Pero cuando presentamos los casos ante la ONU, al menos nuestro nombre queda en el registro. Es muy significativo: aunque nadie crea que las víctimas desaparecieron, al menos hay un registro de víctimas”.

Para Cartagena López, un registro ya no basta.

“De ser escuchadas estamos fastidiadas. Ahora todo el mundo escucha, pero no pasamos al otro lado”, dijo. “Lo que queremos es que la Convención sea una herramienta que nos permita exigir, que nos permita impulsar, que nos permita mejores investigaciones, que nos permita búsquedas, pero sobre todo que nos permita encontrarlos y encontrarlas”.

Amina no tiene ni siquiera eso en qué apoyarse.

“Masood lleva 21 años desaparecido. No sé si algún día volverá a casa. Pero sé que si mi país hubiera ratificado esta Convención en 2006, la búsqueda de miles de familias pakistaníes no se habría librado tan completamente en soledad”, dijo Amina.

Amina Masood Janjua (Pakistán) interviene en la primera reunión de trabajo de “Seguimos aquí”, en Ginebra, el 25 de septiembre de 2026, junto a Angkhana Neelapaijit (Tailandia) y Alejandra Cartagena López (México). © OHCHR/Jón Björgvinsson

Aquí nadie se rinde

El colectivo de Cartagena López tiene un lema: aquí nadie se rinde.

“Tiene mucho que ver con estos políticos que hablan de ‘ya me cansé’. Pues nosotras no nos cansamos”, dijo. “Nosotras somos necias a la memoria, necias a no olvidar, necias a buscarlos. Y por supuesto, necias a encontrarlos”.

Neelapaijit trabaja hoy con mujeres que acaban de perder a su esposo y no saben por dónde empezar.

“En lugar de preguntarles a las víctimas, la sociedad civil y la gente deberían apoyarlas alzando la voz por nosotras y preguntando en nuestro nombre: preguntarle al gobierno, preguntarles a los funcionarios del Estado”, dijo.

Lo que sostuvo a Amina no fue una institución.

“Cuando caí en algo tan imperfecto e injusto, la artista que llevaba dentro en realidad murió. Años después, con un esfuerzo enorme, volví a pintar y a dibujar”, recordó. “Es una gran catarsis, de verdad. Igual con la poesía — ahora cuando escribo, lloro. Lloro mucho. Y eso era lo que faltaba, porque no estaba llorando”.

Alejandra Cartagena López (México), Angkhana Neelapaijit (Tailandia) y Amina Masood Janjua (Pakistán) en el Palacio de las Naciones, en Ginebra, donde intervinieron en el evento que conmemoró los 20 años de la Convención contra las desapariciones forzadas, 24 de septiembre de 2026. © OHCHR/Jón Björgvinsson

Cuando despierto con dolor en el corazón
en mitad de la noche y te anhelo,
¿dónde estás?
Cuando fui al Jardín de los Desaparecidos con esposas,
madres, hermanas e hijas de los desaparecidos,
¿dónde estás?
Cuando juntas dejamos flores al borde de ese gran signo de interrogación
y los familiares, de los cinco continentes, prometieron no abandonar nunca su búsqueda y su lucha,
¿dónde estás?
Tantas veces, cuando ya no puedo más y tu imagen aparece en mis pensamientos,
sonriendo con amor, me dices:
¡estoy aquí mismo, en tu corazón!
— Amina Masood Janjua, artista, víctima de desaparición forzada y defensora de derechos humanos de Pakistán

Una llamada de Khan Khattak cerró el círculo entre las dos mujeres pakistaníes.

“Una noche, a las tres de la mañana, estaba convencida de que hablar públicamente de mi padre había empeorado las cosas para él”, dijo. “Llamé a la tía Amina. Lloré por teléfono. Me consoló y me recordó que no estaba sola. Creo sinceramente que me salvó la vida esa noche. Ninguna institución me dio eso. Me lo dio otra familia”.

“Tenemos que crear una red”, añadió Khan Khattak. “Conectar a las familias, a las personas sobrevivientes y a quienes heredan esta realidad sin instrucciones. Una red a la que puedas acudir cuando se te rompe el corazón a las tres de la mañana”.

Esa red es la que “Seguimos aquí” espera hacer crecer. El nombre de la iniciativa está tomado de la película Aún estoy aquí, de Walter Salles, y de la historia de Eunice Paiva, quien esperó 25 años el certificado de defunción de su esposo tras su desaparición forzada bajo la dictadura brasileña y, mientras tanto, se hizo abogada.

El “nosotros”, dijo Dolci, “es primero de la suma de los muchos ‘yo’” — las familias —, pero puede ampliarse para incluir a Estados, empresas, universidades, a cualquiera que esté dispuesto a cambiar la manera en que una institución trata a una familia que sigue esperando. La primera reunión del proyecto se celebró al día siguiente del lanzamiento.

“A todas las víctimas y familias que siguen buscando, reclamando verdad y exigiendo justicia: seguimos aquí y seguiremos a su lado”, dijo Albán.

“

Mi padre no puede hablar aquí. Así que hablo yo. Seguimos aquí

“

— Talia Khan Khattak, Oficial Asociada de Sistemas de Información en ONU Derechos Humanos

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